Rogelio Augusto Alvarado Herrera

5 de diciembre de 1948 - 17 de noviembre de 2018

Dios ve cada lágrima

Ningún corazón sufre solo, porque Dios siempre está cerca, y cuando se susurra una oración, Él siempre está ahí para escuchar ... Cuando el dolor es abrumador, Él consuela con ternura, porque no caerá una sola lágrima que el Padre no vea.

Siempre recuerda que Dios te ama. Él siente tu dolor y angustia. Y Él nunca te dejará ni te abandonará. Encuentra consuelo en saber que Dios ve cada lágrima.

Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Apocalipsis 21: 3-4

Honras fúnebres

  • Fecha:

    21 de noviembre de 2018

  • Lugar:

    Capilla del Colegio Javier

  • Hora:

    10:30am

Paz a su alma

Desde su nacimiento, su corazón latió un estimado de tres mil millones se veces, sumen los incrementos por ejercicios y rabias, o resten las pocas veces en que durmió profundamente como un niño. Fue un hombre de orígenes humildes, que se tomó muy en serio el reto moral de aspirar a mejores oportunidades. No a una felicidad egoísta, sino dar lo mejor de si mismo en todas las facetas de su vida. Nunca se conformó con premios de consolación. 

He aquí donde entra nuestra madre, Roxana, el premio mayor, a quien atesoró durante sus 42 años de matrimonio. A su lado vio crecer nuestra familia, primero con tres hijos varones, luego con nuestras respectivas parejas: Shiara, Vianeth y Ladys; y finalmente dos de sus actuales nietos: Olmedo y Rolando.

Durante nuestra vida juntos, hubo escasos momentos dramáticos que pueda señalar en mi memoria. Hoy, en celebración a su vida, deseo compartir tres momentos dramáticos que me hicieron apreciar mucho más a mi padre, como hombre, esposo y padre.

El primero, fue la primera vez que escuché llorar a nuestro padre. Para todo niño, los padres son figuras poderosas carentes de las limitaciones mortales. Para mi, todo se vino abajo un 25 de octubre del 1984, cuando su adorada tía Emérita falleció. Él volvió a casa derrotado, luego de conocer la noticia. Se bañó, no cenó y se acostó en su cama a llorar como un niño bajo la almohada. A mis siete años, nunca supuse eso podría pasar. Hasta esa fecha, fue para mi como un hombre de hierro, inquebrantable, con fuerza y voluntad sobrehumanas.

El segundo momento fue cuando finalmente se jubiló. Debió ser una experiencia horrible para un hombre que luchó toda su vida por superarse. Todos quienes realmente lo conocieron saben que fue un hombre intenso y apasionado. Rara vez tibio. Siempre una caldera hirviendo. Con mucha renuencia se acogió a su jubilación, enloqueciendo a nuestra madre al querer cambiar la dinámica del hogar a su criterio.

Para mi fue como ver un león salvaje, antes libre en la sabana africana cazando y corriendo, ahora quieto queriendo portarse como un "lindo gatito ". Muchas veces se manifestó frustrado en esta nueva etapa de su vida. Sin embargo, creo que realmente disfrutó su nueva faceta con sus nietos. En ocasiones lo ví tan emocionado que casi no se contenía para buscar a los niños a la salida de la escuela. Para mi, no eran un abuelo y dos nietos, sino tres niños, uno viejo y dos más jóvenes. Nunca antes lo sentí tan relajado y realizado en su nuevo rol.

Al final, su corazón latió una última vez, y todos sentimos el silencio que nos queda. No obstante, hoy, no estamos reunidos llorando su partida, sino celebrando su vida en cada uno de nuestros corazones. Fue un hombre que dejó una huella en todos nosotros, y su ausencia nos deja un vacío que no se llenará. En nombre de mi madre, mis hermanos y el resto de nuestra familia, deseo darles las gracias por compartir este momento con nosotros, sabiendo que Rogelio vivió, como bien lo decía, a su manera. Sin arrepentimientos.